sábado, 31 de mayo de 2008

2002

Antes de abrir la puerta, antes de salir de mi habitación, antes de pensar en escaparme por primera vez en mi vida. Estoy asustado.

Abro la puerta de mi habitación con mucha suavidad, muy lentamente. Salgo al pasillo. ¿Eso que oigo es un ronquido? Y eso ¿Será un murmullo? La luz está apagada, pero por la ventana entra la luna: un blanco pálido: fantasmagórico (Pablo, ¿qué hacés despierto a esta hora? Eso diría si no estuviera dormida; y él: Andá a acostarte, pendejo, pero también está dormido).

El espejo apenas se ve; pero ese soy yo; esa remera naranja es mía y esos pantalones anchos, los primeros pantalones que compré con plata propia (un mes repartiendo propaganda de una pizzería en la puerta del Alto Palermo, a dos pesos la hora), son míos también. Ese soy yo, me miro al espejo, me paso una mano por el pelo. Ya es hora de escapar de casa.

Un ruido se escucha en algún lado. Es ahora o nunca, pienso.

Es ahora.

Atravieso la puerta, una lluvia suave me humedece el pelo.

Soy yo. Y me estoy escapando.

Cuando llego a Corrientes lo primero que hago es mirar para todos lados. Hay un hombre acostado en posición fetal; una frazada lo cubre como si fuera un cadáver. ¿Y esos que están allá? ¿Esos tipos se darán cuenta? ¿Se me acercarán?

Por las dudas camino rápido.

Los faroles parecen tan apagados; el silencio, un silencio de muerte arrasa violentamente con la avenida. Son los autos, sin embargo, los que se animan a combatirlo. Pero en mi cabeza siento el silencio, siento a los hombres que caminan en grupo (cuánto daría por estar con Lucho, por estar con él ahora y no andar solo), siento que cualquiera podría tener una navaja y darse cuenta que soy inofensivo. Tan inofensivo como...

Camino aún más rápido.

Y cuando llego, cuando toco el timbre, cuando Lucho me baja a abrir y sonríe y carga dos vasos de cerveza. Cuando pasa todo eso largo una sonrisa de alivio.

Lucho me da el vaso y me hace una seña. Camino siempre un paso por detrás suyo: tiene una espalda de gigante y el pelo largo, con rastas. Todo me aturde un poco. La música suena fuerte. Las mujeres bailan. Ese olor a cigarrillo que inunda todo. Y me humedezco los labios con cerveza. Siento el sabor amargo, fuerte. Pero sé que tengo que tomar. Aunque casi nunca haya probado alcohol en mi vida. Se que tengo que hacerlo. La cantidad inmensa de cigarrillos, de vasos por todos lados; las mujeres. Sé que tengo que tomar.

-Llegaste, nene –me dice.

Es cierto. Llegué.

jueves, 29 de mayo de 2008

Taller de poesía

Habían pasado varios días. Ya no esperaba respuesta. Hacía frío y, campera y bufanda de por medio, estaba caminando hacia el Centro Cultural Borges. Avanzaba por Medrano fumando un cigarrillo y meditando sobre cómo sería el taller de poesía del tal Rodolfo Arreta, cuando una señora gruesa y de paso altivo me llevó bruscamente por delante. Pensaba darme vuelta y lanzarle algún tipo de improperio (algo así como: Señora, el mundo no es ni será suyo por más gorda que usted sea), pero entonces sonó el celular; uno de esos pitidos cortos que señalan un mensaje de texto. Y aún más lacónica fue la respuesta, un crudo y nada sensiblero: “No”.

Al parecer, la motociclista no quería casarse conmigo.

Apurando el paso, reflexioné unos instantes sobre la posibilidad de llamarla. Pedirle disculpas y concertar un nuevo encuentro. Ese era el plan. Vos sabés, Anto, no me encontraba en mis cabales (pensaba usar la palabra cabales, sí), estaba medio triste a la madrugada y te mandé ese mensaje estúpido, no me cuestiones, por favor, uno actúa a veces sin saberlo y…

Y sin darme cuenta llegué al centro cultural. ¿Por qué estaba actuando yo? No tenía ni siquiera una pálida idea.

La entrada era grande, había que sortear un escalón y llegar ante una de esas puertas que cuestionan tu presencia. La traté de abrir pero no se dejaba. Un timbre, a un costado, me pareció la mejor manera de actuar. Hola, dijo una voz femenina del otro lado del receptor. ¿Sería linda? Vengo al taller literario de Arreta. No hubo ningún comentario más, un ruido me indicó que ya estaba capacitado para abrir la puerta. Eso hice.

Avancé por un pequeño pasillo que había a mi izquierda y vi a una mujer apostada detrás de un escritorio. No era muy joven, pero tenía una belleza que la fea ropa que usaba no alcanzaba a disimular. Le ofrecí una sonrisa y un nuevo saludo. ¿El taller de Arreta? Segunda puerta a la derecha, dijo mientras retrucaba mi sonrisa con una sonrisa aún más grande. Le agradecí y doblé a la derecha. Nada mal para una primera conversación.

Caminé unos pasos, abrí una austera puerta vidriada y me encontré ante dos mesas, diez personas, y una voz altisonante que prontamente se silenció al verme entrar.

-Diga –el hombre, sin lugar a dudas Rodolfo Arreta, giró su cabeza y me miró. Tenía una ceja levantada.

-Vengo al taller literario –respondí sintiéndome, debido a la obviedad de mi comentario, un poco idiota.

-Eso se ve –dijo Rodolfo Arreta, sin bajar la ceja en ningún momento- ¿pero usted quién es? ¿Está anotado? ¿Sabe que este taller comenzó hace un mes?

Tantas preguntas y tan difíciles. Tomé aliento. La primera de todas se respondía fácil. La segunda no tanto; yo no estaba anotado. La tercera preferí omitirla.

-Tome asiento –dijo después de pensárselo un rato.

Me senté en una silla entre medio de dos mujeres, y cuando lo volví a mirar Arreta ya tenía la ceja en el lugar que correspondía.

La clase transcurrió lentamente. Fiel a su estilo de chaqueta a cuadros de tweed y cigarrillo apagado en la mano, Arreta habló sobre lo que él creía que era una poesía y por qué (siempre según él) la poesía de una de las chicas presentes (para nada linda) era una ofensa hacia los grandes poetas. Comenzó a nombrar una larga lista de poetas que, según Arreta, eran los Grandes Poetas. Yo, en un momento dado, alcé la voz y dije “Neruda”.

Rodolfo Arreta levantó su característica ceja derecha, dejó el cigarrillo apagado sobre la mesa y dijo:

-Neruda no es un Gran Poeta.

La clase terminó, más o menos, con esa afirmación.

A la salida, un grupo de cinco o seis personas me ofrecieron ir con ellos a tomar algo. Todos deben fumar marihuana, me acuerdo que pensé. Rechacé cordialmente la invitación y le mandé un mensaje a Antonela.

"Necesito verte", decía.

lunes, 26 de mayo de 2008

Y todo por culpa de Groucho Marx

Voy a contar exactamente lo que sucedió. Voy a contar por qué a mi mente aturdida se le ocurrió mandar ese estúpido mensaje de texto en plena madrugada. Voy a contar por qué hoy falté a la facultad y por qué no pienso levantarme de la cama en lo que resta del día. Y todo es por culpa de Groucho Marx.

Era muy entrada la noche, había prendido el velador que está junto a la cama y veía con satisfacción como una suave luz verde inundaba de claridad ese cúmulo interminable de acolchados. Los había sacado del armario en un intento por paliar el frío que se había apoderado del departamento. De un día para el otro, un frío de cárcel. La ventana, sin ir más lejos, estaba tan helada como una monja que ve por primera vez en su vida a un hombre desnudo. Por eso prendí la estufa, y por eso acumulé un ejército de acolchados sobre las sábanas. Quería pasar una de esas noches. Tirado en la cama, calentito, con un libro entre manos y mojándome los labios con un poco de whisky.

Una de esas noches.

Pero el whisky comenzó a surtir efecto, de eso no cabe duda, mucho más rápido de lo que esperaba. Quizás se debió a la cena esquelética que había tomado unas horas atrás o quizás se debió a que mi estómago se había debilitado después de tantos años de intoxicarlo con alcohol (me inclino fervientemente, sin embargo, por la primera opción). Lo cierto es que el primer vaso me golpeó las células del cerebro con violencia. Y lo cierto es que fue por eso que agarré el libro de Groucho Marx. Necesitaba acción. Necesitaba un poco de mujeres. Y aunque sólo se tratase de mujeres volando por mi imaginación, las necesitaba igual. La carne no era lo importante, o al menos no era lo importante cuando agarré el libro.

La primera anécdota trata de una perversión entre un niño de cuatro años (el joven Groucho Marx) y una tía con un perfume propio de los burdeles. Una cosa desagradable, y sin embargo inocente, y sin embargo –levemente- graciosa. Y así fueron pasando las anécdotas hasta que llegué a esta. A esta estúpida descripción. Y la voy a citar tal cual está escrita en mi libro, y que, según Manuel Talens (el traductor), sería lo que hubiera escrito Groucho Marx si este hubiera entendido más de dos palabras de español.

Habla de una noche de desesperación juvenil: una de esas noches en que uno es incapaz de quedarse quieto, en su cama, en su habitación, sin tratar de conseguir una chica. Y Groucho estaba buscando entre sus contactos femeninos y ya había ido descartando uno a uno hasta que finalmente llegó al último de todos. Una tal Celia, y dice así: “A Celia la recordaba perfectamente: era pequeña, con lentes de contacto, poco culo y unos pechos cuyas dimensiones, a efectos prácticos, eran más que suficientes.” Esa cita me volvió loco. A efectos prácticos, claro. Me lo puse a pensar y sí: a efectos prácticos las dimensiones de las tetas de la motociclista eran más que suficientes. Quizás el alcohol se me había subido al cerebro, pero en su momento me pareció muy cierto. A efectos prácticos, volví a pensar, aunque nunca las haya tocado, las dimensiones de esas tetas son más que suficientes.

Lo de poco culo, bueno, ninguna mujer es perfecta. Pero a efectos prácticos...

Y mandé el siguiente mensaje de texto. Era la una de la madrugada, había acompañado la lectura con un segundo vaso de whisky y estaba echando chispas. Sin duda, si alguien hubiera tenido la ocurrencia de colocar una madera al lado mío habría ocurrido un incendio desastrozo.

El mensaje de texto decía: “Te amo, ¿querés casarte conmigo?”

sábado, 24 de mayo de 2008

Saliendo del invernadero

Estoy comiendo poco. Casi no escribo. A la facultad estoy yendo por inercia. Ayer, sin ir más lejos, no tenía ningún motivo para salir de casa. Al menos cuando me levanté. Sólo encendí un cigarrillo y me quedé mirando la ventana y los autos y pensé que podría estirar esa actividad durante todo el día. Eso hasta que recibí el llamado.

Me puse una campera blanca, liviana, un suéter gris y, como detalle final pero no menos importante, una camisa azul –una camisa arrugada, manchada en el torso, pero que cumplía bien con su función: mostrar unas aletas azules por encima del suéter. Me miré al espejo, traté de sonreír. No aparentaba ser un hombre de negocios, pero daba el talle de tipo sobrio y con buen aliento. Justo lo que necesitaba.

Y salí del invernadero.

Caminé por Corrientes derecho y me sorprendió, una vez más, mi falta de tacto para oler el clima. Imaginé que si ponía un huevo sobre el asfalto no iba a tardar mucho en cocerse. Doblé al llegar a Pasteur. Y me demoré un poco, suelo ser bastante malo encontrando direcciones. Si el edificio está en la vereda par, yo siempre estoy en la impar. Pero esta vez tuve suerte. Esa puerta vieja, marrón, correspondía exactamente con el número que tenía anotado en el papel. Iba a tocar el timbre, pero la puerta, apenas la rocé, no ofreció ninguna resistencia.

Avancé por un pasillo largo y con paredes resquebrajadas por una humedad violenta. Era una sensación de estar adentro de una maceta vieja y seca. Al llegar al final del pasillo, me encontré en un pequeño cuarto cubierto de libros. Y la imagen se cristalizó: el olor a tierra era admirable. Años y años de postergar la limpieza. Un hombre estaba sentado detrás del escritorio. Lo había visto una única vez, hacía ya seis meses. Y por fin me había llamado.

-Sentate –me dijo, mientras se ajustaba los anteojos.

La otra vez también lo había visto atrincherado detrás de ese cúmulo de libros y papeles de todos colores. O mejor dicho: de todos los matices posibles del color gris.

Me senté en una silla que había sufrido el paso de los años. Del otro lado de la trinchera, el hombre me daba tiempo. A los hombres que se consideran importantes siempre les gusta darte tiempo. Te acomodás, tosés un poco, y luego comienzan:

-No me disgustó lo que leí –esas fueron sus primeras palabras; sus primeras palabras después de varios meses de retener esas treinta páginas. No me disgustó lo que leí-. Pero el mercado, quizás ya lo sabés, está bastante saturado.

Pareció reflexionar un poco, y se llevó una mano a la nuca. Me ofreció un vaso de agua (creo que lo sacó de abajo del escritorio) y lo rechacé cortésmente.

-Si tengo que serte sincero, Pablo, ni siquiera hay mercado. La poesía no vende. A nadie le importa la poesía. Salvo, quizás, a algunos filántropos sueltos. ¿Soy claro?

Era claro. Se había tomado seis meses para leer treinta páginas de poesía y ahora me decía que no había mercado. Claro como el agua.

-Si en algún momento producís otra cosa –dijo mientras me estiraba la carpeta; las hojas, pude notarlo, habían tomado un saludable color amarillento-, podés traerlo. Te voy a dar un dato. Novelas históricas. Eso vende, ¿me entendés?

Me levanté de la silla, lo miré una vez más. La carpeta estaba apoyada en mi pecho y la tenía agarrada con mucha fuerza.

-Novelas históricas. No cualquiera te daría un dato tan bueno.

Se sacó los anteojos y me tendió la mano. Le ofrecí un tanto asqueado la mía. Después volví a meterme en esa maceta larga y vieja hasta que llegué a la calle. Cuando vi el primer tacho de basura, me despedí del único proyecto serio que había tenido en mi vida.

martes, 6 de mayo de 2008

La puerta

El timbre sonó a las seis en punto. Ni un segundo más tarde. Fui al baño, me peiné, tomé un trago de cerveza y bajé a abrir. No era conciente de que me había demorado, tal vez, más de la cuenta. La encontré con su pie taconeando el suelo. Una, dos, y tres veces, acelerándose como un reloj que no anda para nada bien.

Subimos los cuatro pisos por la escalera. Nunca confié en los ascensores. No confío en esos hombres de campera negra que vienen a revisarlos y que pase lo que pase siempre les dan el visto bueno. Subimos por la escalera y creo que eso le molestó. Cuando abrí la puerta y vio los libros y las fotocopias por todas partes, no hizo nada. Absolutamente nada. No era una buena señal.

Se quedó parada junto a la puerta. Parecía uno de esos ratones que olfatean antes de decidirse a actuar. Se llevó un dedo a la nariz. Y lo tomé como algo personal.

-Tengo cerveza o whisky.

Antonela usaba zapatos, pollera negra y larga y una remera celeste que no parecía barata. Dio unos pasos cortos y amagó con sentarse en la cama desarmada.

-¿Tenés agua?

Claro que tenía agua.

-No, no tengo.

Estaba sirviendo cerveza en dos vasos, cuando pasó algo completamente inesperado. Se sentó en la cama y se llevó las manos a la cara. Eso hizo. Se cubrió la cara como si estuviera dispuesta a llorar.

Seguí sirviendo. Después tomé un trago de mi vaso. El de Antonela lo dejé en el piso junto a mi pie. La miré un rato, todavía con la cerveza bajando por mi estómago.

-Me quiero ir -dijo.

La puerta estaba abierta. Antonela no la había cerrado. Se la señalé con el vaso todavía en la mano. No dije una palabra.

Agarró su cartera (la debió haber soltado en algún momento) y comenzó a correr hasta que la perdí de vista.

Me quedé un rato inmóvil, tratando de entender esa súbita reacción. Agarré el vaso del suelo, lo llevé hasta la cocina. Después avancé unos pasos y cerré la puerta.

Por la ventana se filtraban los últimos retazos de un sol desfalleciente. Otro domingo que se iba.

sábado, 3 de mayo de 2008

Hasta el domingo

Dos y media de la madrugada: el celular comenzó a bailar sobre la mesa. Pegué un grito, bufé varias veces. Volví a gritar. Pero no se callaba. Tuve que levantarme, agarrarlo, leer: "Mañana no trabajo. ¿Te parece ir al Abasto?". Nunca odié tanto al género femenino.

A la mañana, con el sol escondido detrás de bolsas de nubes, consideré que no había nada mejor que hacer más que dormir. Dormir. Dejar de pensar en la carrera (rendí Contabilidad II hace tres días: casi no estudié: probablemente la repruebe otra vez), la motociclista, las interminables noches en bares de cuentos, reuniones con pseudo poetas, y cocinar y limpiar y buscar ese trabajo que no encuentro por ningún lado. Dormir. Y el celular volvió a cantarme "Hello Dolly" y a despertarme una vez más y a la mierda con todo. "¿Te llegó el mensaje?".

¿Me llegó el mensaje?

Volví a tirarme en la cama, no sin antes tomar la prudencia de apagar ese bicho tecnológico.

Me desperté cuando las nubes estaban bajando la guardia y sus largas filas dejaban de cubrir el cielo celeste. Me desperté para tomar un poco de aire, fumar un cigarrillo y tratar de aliviar tantas tensiones. Pero no pude contenerme, la llamé. ¿Patio de comidas del Abasto? No tenía un peso. No tenía ganas. No quería verla. Dije que sí. ¿Siete y media de la tarde? Ni un segundo después.

Esa debilidad que tengo hacia las mujeres no es algo nuevo. Basta que sonrían un poco y que se muestren un poco dóciles, basta un "Ese corte de pelo te queda bien" para que se me tatúe una sonrisa bobalicona en la cara. Eso mismo dijo: Qué bien te queda el corte de pelo. La besé durante largos minutos.

Ya estábamos instalados en el patio de comidas. Unas insoportables canciones de pop yanqui sonaban suavente, obligando (de una forma no muy sana) a que no existieran silencios. Pero hubo uno muy largo, y la música lo cubría, y después de juguetear con los dedos en la mesa Antonela habló:

-Quiero conocer tu departamento -dijo desviando los ojos de su plato (unos ravioles con salsa filetto: nada muy elaborado: me gustan las mujeres simples).

-Ya lo vas a conocer -respondí tratando de demostrar una seguridad digna de un profeta. Claro, mi profecía era fácil de cumplir. Yo tenía la llave. Continué:- ¿Te parece el domingo?

Mi mano estaba apoyada en la mesa. Y de pronto sentí la suavidad de su mano enlazándose con la mía. Sonrió, me miró a los ojos.

-Me parece.

Y volvió a bajar la mirada hacia su plato. Esos ravioles que se veían mucho mejor que mi ensalada. Cuidar la figura, le dicen. Y también el bolsillo.

La despedida fue breve. Un beso corto, unas promesas vagas, repetidas. Pero mis últimas palabras quedaron vibrando en el aire.

-Hasta el domingo -dije.

Y hasta el domingo será.

martes, 29 de abril de 2008

La ventana

Soñé que dios existía. Fue terrible. Me desperté con agua en la frente chorréandome hasta la garganta. Abrí la ventana, miré los autos, la gente pasar, el traba de la esquina que siempre me sisea. La realidad todavía existe, pensé. Volví a la cama y al rato estaba durmiendo.

A la mañana el sol comenzó a deslizarse por mi rostro. Abrí los ojos y una franja naranja me obligó a cerrarlos. Me levanté y miré el escritorio, los papeles, los libros amontonados. Miré la notebook abierta, con la pantalla en negro como diciéndome: Vení, Pablo, escribime, escribime algo bueno. Muy bueno. Que salga en una revista. En los diarios. En una editorial grande. Suspiré largamente, tratando de mantener la calma.

Lo primero que hice fue lo de siempre: servirme un vaso de whisky, mirar un rato por la ventana (en el sueño dios aparecía por la ventana: usaba una levita blanca enorme y me apuntaba con un dedo: me tiraba el whisky en la cara: Hijo, me decía, y entonces me desperté) y esperé ver esa levita blanca y esa mano apuntándome. Claro que nada de eso ocurrió. Volví a agarrar el libro de Raymond Chandler. La dama del lago. Una prosa fantástica, me dije. Ni siquiera dios podría objetarle nada.

Terminé de tomar el whisky y cerré el libro. El monitor negro se contoneaba, se movía de un lado para otro como una bailarina de flamenco. Me llamaba. Vamos, Pablo, escribí las primeras líneas de la novela. Las primeras líneas. Escribilas.

Moví el mouse y el monitor volvió a cobrar vida. Abrí un documento de Word en blanco. Lo pensé un rato, mordiéndome la lengua. Me serví una segunda medida de whisky, algo bastante imprudente considerando la hora temprana. El sol estaba fuerte. Sus rayos naranjas se encargaban de iluminar todo el cuarto.

Apoyé los dedos en el teclado y escribí:

“Soñé que Dios existía. Fue terrible. Me desperté con agua en la frente chorreándome hasta la garganta”.

Y no escribí nada más.

viernes, 25 de abril de 2008

El rey del mundo

Salí a comprar cigarrillos. Caminé unas cuadras por Corrientes y al instante sentí cómo ese aroma fétido me envolvía. Un aroma que no puede más que recordarme a la ciudad. Su inmensidad, su paranoia. Nada como una ciudad paranoica para intentar relajarse un poco.

Lo cierto es que estaba agotado, y tenía motivos para estar agotado. Durante más de tres horas intenté hacer un esquema de personajes, ambientes, capítulos, sensaciones, y digo más: tuve la osadía de arriesgarme con algunas descripciones que, siendo lo más honesto posible, probablemente jamás encajen en ningún lado. “Ojos como altiplanos”, por ejemplo. O: “X tenía una cintura más propia de un despertador que de un ser humano”. Cosas así. Dejar volar la imaginación. Chamuyo literario, le dicen.

A las pocas cuadras la calle Corrientes ya me tenía saturado. Había que hacer malabares para esquivar esa manada de gente indisciplinada que se oponía (no sé si concientemente) a mi natural necesidad de avanzar (cómo no) hacia adelante. Así y todo, más o menos, conseguir llegar al kiosco.

-Unos Morris de diez –pedí.

Una señora gorda, sorprendentemente gorda, atracada detrás del mostrador, sacó a paseo una sonrisa fofa.

-No me quedan.

La sonrisa se mantuvo. Parecía pegada con Topolino. Y me fui con una caja de Camel, un encendedor y una mueca que podría tildarse de irónica.

Seguí caminando sin dirección alguna. A los pocos metros, un hombre (un cartonero, no sé si cuenta como un hombre) se detuvo al verme encender un cigarrillo.

-¿Me convidás uno, pa?

Le acerqué uno. ¿Fuego? Sí, también. Le acerqué fuego.

Encendió su cigarrillo y vi cómo del pantalón sacaba un papel. Era un folleto.

-¿Sabés quién es este? –preguntó.

En letras negras y gigantes estaba escrito “¿Creés saber quién es el rey del mundo?” . Al costado había una foto de un hombre barbudo. Bien podía ser el Che Guevara. O también Jesús.

-No tengo idea.

Pareció meditarlo un segundo. Sus ojos aparentaban ser los de un alcohólico. Pero no había rastros de alcohol en su aliento. Y preguntó:

-¿Sos judío, no?

-Sí.

Suspiró pesadamente. Miró hacia la avenida, los autos, la insoportable cantidad de gente.

-No importa –dijo.

Y entonces se fue.

miércoles, 23 de abril de 2008

Alteraciones del whisky

Estaba cocinando fideos cuando recibí la llamada. Sabía quién era: en la pantalla del celular apareció la palabra “Motociclista”. No atendí. El agua ya estaba hirviendo. Y así y todo los fideos se pasaron.

A la tarde, ya con el estómago lleno, me acosté en la cama. Tenía los ojos inquietos: esos ojos inquietos que ya no buscan la televisión ni la computadora. La lectura, entonces, me pareció lo correcto. Agarré mi última adquisición: diecisiete pesos por la novela del escritor norteamericano homosexual más polémico del siglo pasado. Truman Capote, dice la tapa. Otros ámbitos, otras voces. Su primera novela, escrita a los veintitrés años (dos más que yo). Prometía.

A la décima página de lectura ya estaba un poco cansado de las sobreadjetivaciones y hartado de las descripciones inútilmente minuciosas. Me imaginé que a la hora de escribir esa novela Truman debía tener a los escritores rusos entre ceja y ceja.

Sin comparación con el incomparable Truman Capote de Música para camaleones.

Pero volvió a llamar. Eran las cinco de la tarde. Había tomado dos vasos de whisky y estaba alegre. Lo suficientemente alegre como para disfrutar del estruendo de la ciudad y para atender el llamado.

-Estoy mal. Quiero verte.

Regla número uno: Cuando una mujer está mal siempre hay que excusarse. Las mujeres son difíciles de por sí, un día malo puede ser una catástrofe. Lamentablemente el whisky había alterado mi sano juicio.

-Está bien. Decime dónde y a qué hora.

Mi caída estaba sellada.

Nos encontramos en una esquina de Recoleta. Ella, por supuesto, quería entrar a un bar. Yo, por supuesto, quería ahorrarme ese dinero. No fue posible. Regla número dos: Las mujeres siempre se salen con la suya.

Entramos al bar. Nos sentamos junto a la ventana y pude apreciarla bien. Su pelo negro estaba revuelto y en la cara se le notaban rasgos de ansiedad y deterioro.

-Me peleé con mi mejor amiga –dijo.

Llamé al mozo. Pedí un whisky. ¿Vos qué tomás? Y también un cortado.

Durante dos horas la motociclista me estuvo contando con detalle unas discusiones inútiles. Cuando creía que mi cabeza iba a reventar le dije que tenía que volver a mi casa.

-Estoy escribiendo una novela –dije. Y no mentía, estaba tratando de empezarla.

Me despedí con un beso en la boca. Un beso que duró por lo menos una hora. No estuvo mal.

Volví a mi casa sintiéndome extraño.

lunes, 21 de abril de 2008

Monstruos de ciudad

Olvidarse el pasado, olvidar el futuro, vivir el presente ¿Esa fórmula funciona? Escapé de casa, dejé los libros, dejé a Sartre, a Calvino, a Groucho, dejé a Vizcarra, a Nietzche, a Saramago, dejé una montaña de fotocopias y diskettes y papeles que ya no me decían nada. Escapé de casa, fui a plaza Bulnes, me senté en una hamaca. Me hamaqué. Tenía una botella de cerveza en la mano y una mirada perdida. ¿Qué hubiera dicho Schopenauer?

Estuve un rato tratando de entender algunas cosas. Pensé en dejar la carrera. En escribir una novela. Algo realmente bueno. De fondo escuchaba gritos y risas. Niños desafiando el declinante calor del sol, formando siluetas transpiradas, recortándose bajo la indecisión de un subibaja. Una novela, pensé. Y creo que fue la primera vez que pensé en algo tan grande.

Alguien encorvado, sucio, decididamente gastado por el correr de los años se me acercó. Me apoyó una mano deslucida en el hombro. Era un hombre. No tendría treinta años.

Fingir indiferencia me pareció lo correcto.

-Las hamacas son para los nenes –dijo.

Su rostro se había oprimido en una mueca absorbente; creo que intentó ser una sonrisa.

-Soy un nene.

-Un nene que fuma porro -respondió.

Entorné los ojos; el sol se guarecía bajo una larga hilera de edificios. El atardecer era una realidad.

-Convidame, nene. Mirá lo que soy.

Era un hombre deshecho, totalmente perdido. Ni siquiera era un hombre.

-No fumo –dije.

Era un monstruo.

-Perdón -susurré.

Un monstruo de ciudad.

Me levanté de la hamaca y fingí que no escuchaba esos alaridos desgarradores. Esas injurias. El aullido de un lobo en una montaña desierta hubiera sido más dulce.

Me volví, le acerqué los restos de cerveza, unas monedas. Una sonrisa sin dientes funcionó como despedida. Y me alejé. Por la espalda un escalofrío se apropió de mi cuerpo. Antes los fantasmas recorrían Europa, ahora los fantasmas recorren las plazas de Buenos Aires.

Caminé las diez cuadras hasta mi casa. Abrí la heladera y saqué un yogurt. Lo comí mientras observaba esa pila estrambótica de libros y papeles y diskettes y ropa.

El futuro sonreía.

sábado, 19 de abril de 2008

Humo

Otro día insensato. Fumé un cigarrillo. Tosí. Lo dejé. Miré el libro de Marguerite Duras, negro, atractivo. Sucio. Como su escritura y su poética. El amante, se llama. Lo agarré con odio, lo leí de un tirón, olvidándome del humo que se filtraba por la ventana, de la música del Cuarteto de Nos que sonaba incansablemente, una y otra vez en la computadora. Me preparé para la noche. Me bañé, me puse perfume, un saco. Las zapatillas de Bolivia. Y salí.

Había hablado con la motociclista. Para caer en el vicio, en la trampa del sexo. El olor. Hay mujeres que emanan olor a sexo. Se siente, se puede tocar. La llamé y le dije: Quiero verte ya. Ella tiene olor, tiene un pelo largo, lacio, que le cae por los hombros. Esos hombros estrechos, aguerridamente indefensos. Su olor es el olor del sexo ¿Ya lo dije? Quería volver a verla.

Le dije una dirección. Una calle. Nada de bares. No tengo plata. No trabajo. Casi no estudio. Nada de bares. Una dirección cualquiera. Dos esquinas que se cruzan. Algo así. Quería llevar la situación al límite. Partirme el cuello de ser necesario. Quería encontrarme con ella y que las formalidades desaparecieran. Se hundieran bajo ese humo insoportable que empapa la ciudad. Quería saber que ella quería.

Otra vez llegó temprano. Otra vez habló con esa voz nada melodiosa, nada sensible, nada atrapante. Dijo cosas sin sentido: Amo la literatura: Odio la gente que no sabe vestirse: Quiero vivir la vida. La miré sin ocultar mi desprecio. Me sentí despreciable.

Estaba acelerado y tenía miedo y tenía ganas de tener miedo. Quería arrojarme a sus brazos. Pedirle perdón. Tratar de entender el mundo, que me ayudase a entenderlo todo: la desidia frente al gobierno, mi actitud pasiva, reprochable. Mis faltas de ganas de vivir la vida.

Nos dimos unos besos.

Nos sentamos en una plaza.

Hablamos.

Y seguimos hablando.

Y creo que llegué a entenderla. Y pasó eso: tenía miedo de ser vulnerable: de echarme a llorar. Le dije basta. Que no quería volver a verla. Lloró. El humo se salpicaba de lágrimas. De tristeza. La tristeza de alguien indefenso, más indefenso que yo. Le pedí perdón. Besé el humo. Las lágrimas.

Fue un día triste.

jueves, 17 de abril de 2008

Vértigo

Ayer iba a salir con la motociclista. Hablamos por teléfono y me pasó una dirección en Palermo: “Un bar que te va a encantar”. Algo under, imaginaba. Bien under. Camperas de cuero brillantes, mesas de pool rotosas, botellas partiéndose sobre cabezas. Todo eso imaginaba. Estaba ansioso. Fumé un cigarrillo, un segundo y hasta un tercero. Nada era suficiente. Y por eso salí a robar.

Era media tarde, el sol se guarecía bajo una nube de smog acechante; unos pastizales quemándose sin control en algún lado. No importaba. Tenía el vértigo propio de los adolescentes: el fervor de lo indecoroso: como lanzarse de un avión sin paracaídas. Ya la veía con el cigarrillo colgándole del labio, la motocicleta como símbolo de lo indebido, de un sexo salvaje en condiciones salvajes. Tanto vértigo tenía que decidí entrar a una librería por Cabildo y probar suerte.

Apenas franqueé la puerta las palpitaciones se aceleraron. Bajar los ojos y respirar profundo me parecían actos demasiado sospechosos, por eso levanté la cabeza y miré a la cajera y a su ayudante barbudo. Desafiante. Tenía pensado robar algo de Anagrama. Ojeé las estanterías y enseguida supe todo. Un rayo más digno de ciencia ficción, de profesía por cumplirse. Ver los Detectives Salvajes de Bolaño y su tapa roja y brillante. Supe que lo quería tener. Que lo debía tener. Había una mesa de libros en oferta. Agarré uno de Coelho y fingí interés. Y supongo que nadie debería caer en una trampa tan idiota, pero tomé un libro de Paulo Coelho y pretendí que allí había algo, que ese libro era digno de ser leído e incluso, digo más, de ser comprado. Una idiotez por el estilo. Eso pensé.

Las piernas me flaqueaban, el pulso sobrevolaba largamente el límite de lo saludable; la tensión era insoportable. Dejé sobre la mesa el libro de Coelho y me acerqué hacia la estantería. Motociclista, cigarrillo, bar under, noche sexual: todo eso sentí al rozar el libro: su lomo rojo y brillante y sus letras llamándome, susurrándome indecencias al oído. Miré hacia la cajera: no miraba. Miré hacia el barbudo: les mostraba libros a unos tarados con traje y pantalón de vestir. Eso era todo: caminar hacia la puerta, paso seguro, dientes inmóviles, disfrutar de un ahorro de sesenta y siete pesos. Eso era todo. Así de fácil.

Entonces cometí el único error. Volví a mirar. Una vez más.

Y ella miró.

Y salí de ahí con la vista baja, tratando de hundirme en la vereda. Salí y el smog me cubrió con insolencia, me rascó los ojos húmedos y la garganta cascada. Salí para volver a ser débil, para dejarme vencer por la inercia.

El bar quedaba cerca de Plaza serrano. Era muy decente: una cerveza costaba veinticinco pesos. La motociclista llegó media hora antes: “Por las dudas, mejor ser precavida”. Estudia contabilidad. Trabaja en un kiosco. Lee moda. Me fui temprano, acusando un dolor de cabeza que no era del todo falso.

Estoy cansado, sin fuerzas. No pienso volver a verla.

lunes, 14 de abril de 2008

Agente secreto

Ayer dejé el msn abierto durante todo el día. Una manera tosca -bastante tosca, supongo- de hacer publicidad de este blog nuevo. Algo así como tratar de desvirgarlo, digamos. Muy suavemente. Aunque me gustaría romperle el himen con la brutalidad que pueden dar unos avisos en Clarín y Página12 y La Nación y el siempre excelso Infobae. Pero nada de eso es posible. Dejé el msn abierto. Ya saben, publicidad barata.

Mientras tanto, acostado en la cama, trataba de avanzar en ese libro cargado de adjetivaciones brillantes de Joseph Conrad: El agente secreto. Y antes, para quedarme con el pan y con la torta, como quien dice, leí un libro de espionaje avanzado (avanzado porque es una parodia al espionaje) de Graham Greene: Nuestro hombre en la Habana. Y llegué a la conclusión –bastante obvia, por otro lado- de que yo sería un pésimo agente secreto.

No sería capaz de caminar por la calle usando sobretodo gris –aunque no sea un día de lluvia, siempre hay que usar sobretodo gris-, calzando anteojos negros y guantes de cuero, intentando perseguir a un sospechoso que muy posiblemente se me perdería de vista a las pocas cuadras. Me imagino la llamada del jefe, ese hombre de seguro rechoncho, con mejillas rojas y voz gruesa y atronadora. Quizás se llamase T.

-Hace días que viene siguiendo a nuestro sospechoso. Todavía no ha pasado ningún informe.

-Es cierto, todavía no le he pasado ningún informe.

Cuando uno no sabe qué responder, nada mejor que repetir palabras.

-Bueno –el jefe (creo que habíamos acordado que se llamaba T.) se quedaría pensando un rato- ¿qué tiene que decir al respecto?

-Que nos encontramos ante un sospecho hábil. No hay duda.

Descargar la responsabilidad en la virtud del otro, y no en la ineficiencia de uno, puede ser una buena maniobra.

-Usted es un imbécil –pero T. es un hombre inteligente-. Su único trabajo es seguirlo y pasarnos un informe detallado sobre sus actos. Hace dos meses que se lo encargamos.

-Lo seguí, en efecto. Y fui tan hábil que traté de adelantarme a sus movimientos.

T. tose fuerte. Se produce un silencio en la línea.

-¿Y qué pasó, entonces? –T. está impaciente.

-El problema estuvo en el sospechoso. Yo me adelantaba con mucha habilidad, pero él tuvo la inteligencia de no elegir los caminos que yo seguía.

-Usted es un imbécil. Le voy a labrar un acta por incompetente. Y considérese despedido.

La última frase nunca la tiene que tener el antihéroe de la historia. Pero en este caso la tiene. El antihéroe soy yo. Y yo quiero tener la última frase:

-Se lo agradezco. El sobretodo y los guantes me hacían transpirar demasiado.

sábado, 12 de abril de 2008

Libro de quejas

Mi día fue pésimo. Me tenía que despertar a las siete de la mañana para ir a la facultad, y por supuesto que otra vez me quedé dormido. A eso de las diez de la mañana un vecino comenzó a cantar Bésame mucho en una versión bastante propia. No valía no desafinar, ni cantar otra cosa que no fuera el estribillo. Pensé en ponerme algodón en los oídos y traté de llevarlo a la práctica. Es claro: no encontré algodón en ninguna parte. Y así empezaba uno de esos días.

Traté de tentar a la suerte, sin embargo. Tomé mi cuaderno y una birome y salí a la calle. Fui a un bar que queda en Pueyrredón y Sarmiento. No era del todo malo. Las mesas estaban casi limpias y el mozo era gordo y con bigote, ¿podía pedir algo más? Me senté y traté de encontrar personajes. Un tipo en la barra, con saco blanco deslucido, labios finos como escarbadientes, una atrevida sonrisa de pedófilo. Eso anoté. Y pensé: esto va bien. E incluso comencé a imaginarme un cuento donde cabría un personaje tan desagradable.

Y entonces, a mis espaldas, un ruido atronador me sacó bruscamente de mis pensamientos. Me di vuelta y vi un Nalbandian gigantesco, sudando como una botella recién sacada de la heladera, y una raqueta que debía tener por lo menos el tamaño de mi cabeza.

Cerré el cuaderno y me resigné a mirar el partido. Después de todo, Dios sabe por qué hace las cosas. O al menos eso intentaba creer.

Pero a la tarde tuve la oportunidad de desquitarme. Estaba por salir de la estación Carlos Gardel (acababa de sufrir una tremenda decepción que ahora no tengo ganas de contar) y me topé con unos pendejos que trataban de ensamblar unos instrumentos (guitarra, piano y bajo) de la peor manera posible. Escucharlos era más difícil que tratar de disfrutar el sonido de un lavarropas.

Pero tuvieron una ocurrencia: junto a la funda de la guitarra (con una asombrosa cantidad de dinero que demuestra, otra vez, la estupidez de mucha gente), colocaron un cuaderno y un marcador, y el cuaderno tenía un título que decía “Libro de quejas”.

Lo agarré, lo abrí, y sentí la mirada ansiosa de todos los integrantes. Estaba lleno de inscripciones (por supuesto escritas por ellos mismos) que decían“Aguante La Gamba RnR”, "son lo más", e incluso la idiotez de: “Son un grupo con mucho futuro, no paren de tocar”. Tomé el marcador con mucha calma y anoté tres palabras que creía que definían más o menos el contenido de la banda.

Cuando salí del subte, ni siquiera la lluvia podía arruinarme ese pequeño momento de satisfacción. Me imaginaba a los integrantes de la banda parando de tocar, abriendo el cuaderno y leyendo en letras grandes y mayúsculas:

“Son todos putos”.

jueves, 10 de abril de 2008

UNO

Hoy me levanté desanimado. Tan desanimado que antes de levantarme de la cama decidí terminar el libro de Houellebecq, La posibilidad de una isla. Y no es que ese libro me gustase tanto como para animarme; todo lo contrario: está cubierto por una tintura de un pesimismo y un desvarío tales, que luego de una lectura minuciosa uno puede apreciar el mundo tal como es. Así, con sus millones de defectos.

Sin embargo, la otra noche las cosas no salieron tan mal. Fui a un bar donde leen cuentos, y cerveza por medio la cosa marchó bien. Puedo levantar la bandera del orgullo y decir que encontré algo de inspiración. Una nueva historia para otro nuevo cuento. Nada mal. Pero a la salida, mientras caminaba solo por la aventurera Rivadavia, dos muchachos, bastante menores que yo, por cierto, me salieron al encuentro.

-Dame plata o la cosa no corre -dijo uno. Y lo encontré bastante literario, y tan literario lo encontré que me dieron ganas de responder.

-No estoy acá para hacer literatura -dije.

Traté de seguir caminando, pero los tipos conocían su oficio. Me agarraron de un brazo y tuvieron la amabilidad de prevenirme.

-Dame el reloj o te corto el cuello -y es cierto que tenían una navaja no muy brillosa y quizás, incluso, marchita, pero su actitud se presentaba bastante feroz; me los imaginé tratando angustiosamente de cortarme el cuello con esa miseria de navaja, y algo de lástima me dieron.

Les di el reloj (más bien lo arrojé), y salí corriendo. Corriendo durante cinco exhaustivas cuadras hasta que me sentí seguro. Llegué a mi casa agotado, física y mentalmente. Y lo raro es el agotamiento físico: mi cabeza siempre está al límite.

Quizás, si mi ánimo me lo permite, hoy vaya a salir con una mujer que conocí en el bar de cuentos. Conducía una motocicleta, se llamaba Antonela y fumaba Marlboro.

Pero no todo tiene que ser tan malo.

martes, 8 de abril de 2008

El comienzo

Mi blog ya comenzó con frustraciones.

Este horrible título, "haciendo literatura", fue el cuarto de una posible lista. "Diario de un escritor" fue la primera idea: por supuesto copada por algún idiota que sólo se animó a escribir "rr" y se quebró ante la presión de un nombre tan magnánimo. "Diario de un renegado" ya estaba copado por un imbécil (otro de tantos) que hablaba de super héroes y decía: "Con este blog la verdad no se k kiero hacer" y continuaba con esta caradurez: "kizas analizar que hay heroes de todos los tipos y cada pais o mas concretamente cada zona tiene el suyo". Pero su vasta idea no acababa aquí. Sigamos: "Escocia tiene William Wallace, Catalunya tiene Sant Jordi, los americanos tienen el Capitan America....y bueno podemos seguir....". Pero por suerte no siguió, ese, su segundo post, es el último de un intento frustrado por expresarse.

La tercera idea, y aquella que me convenció de forma rotunda de eliminar el "diario de un" de mi título, fue la ingeniosa "diario de un idiota" (o sea: diariodeunidiota.blogspot.com). Y me topé ante un verdadero idiota, y además uno demasiado honesto. El blog no tiene post publicado, pero hay un encabezado, justo debajo del título "Diario de un idiota", que reza así: "Mi diario sincero no tiene otro sentido que el de que las personas que lo lean me den muchos aplausos, dinero y poder encontrar una chica maja para pasar el resto de mi vida. Casi nadaaaaa". Me pregunto: ¿Para qué carajo quiere los aplausos?

Eso sucedió esta tarde, mientras abría una cerveza de la heladera y especulaba si el sol se iba a decidir o no a bajar. Hoy a la noche tengo pensado ir a un lugar donde leen cuentos. Tratar de disfrutar otras perspectivas, olvidarme un poco de esta carrera de Contabilidad que me está atrofiando el cerebro. Basta de Debe y Haber y Asientos que no son asientos para sentarse y mujeres que destacan por su fealdad e inteligencia. Basta de todo eso. Hoy voy a escuchar cuentos. Quizás eso sirva de algo.

Siempre está la posibilidad de volver a casa y desahogarme con una cerveza. ¿Drogas? Todavía no llego a tanto.